Renata sintió cómo su corazón daba un golpe contra su pecho.
—¿Qué quieres decir?
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Tal vez estás preocupada porque fui a buscar a mi hermano.
El silencio volvió. Pero esta vez… tenía filo.
—Tal vez —continuó él, sin apartar la mirada— estás preocupada por Antonio.
El nombre cayó como una sentencia.
Renata se quedó inmóvil. Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió.
Porque no sabía qué decir. Porque una parte de ella. Aún dolía. Y ese dolor… la del