El Mercedes negro de los Köksal se detuvo frente a la escalinata de mármol con una precisión silenciosa. Aras esperaba junto a la entrada, proyectando una serenidad imperturbable mientras, en el fondo, la tensión le anclaba las manos al fondo de los bolsillos. El viento del Bósforo agitaba los faldones de su abrigo, pero él no sentía el frío; su mente era un hervidero de advertencias. Sabía que, tras las puertas de madera tallada, su madre y sus tíos ya habían afilado sus lenguas. Cuando el chofer abrió la puerta trasera, Aras dio un paso al frente y el aire se le quedó atrapado en los pulmones. Melani Fernández descendió con una gracia que parecía ignorar el asfalto. Aras la había conocido en las oficinas de acero y cristal de Viena, protegida por la armadura oscura de la eficiencia; la había visto en el puerto de Ambarlı, con el cabello revuelto por el salitre. Pero hoy, la mujer frente a él era un espejismo. El vestido azul cielo caía sobre su figura con una suavidad etérea, y
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