Aras Köksal
La puerta era el único muro que nos dividía ahora, el eco al cerrarse todavía vibraba en el aire de mi oficina, pero el perfume de Melani —esa mezcla de vainilla y la brisa fría de Viena— se negaba a abandonar el espacio. Me quedé inmóvil, con la mirada fija en la carpeta de cuero que ella había dejado sobre mi escritorio.
Un error de cálculo, esa era su salida.
Solté una risa amarga que no llegó a mis ojos. Melani Fernández era una estratega brillante, pero cometía un e