Melani Fernández Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno, las sugerencias de Köksal seguían dando vueltas en mi cabeza. Quise buscarlas en internet; quizás, en algún momento de la semana, valdría la pena visitarlas.Al cargar las imágenes en mi teléfono, el mensaje quedó claro. Eran lugares con un diseño industrial crudo, música electrónica de fondo y una atmósfera que no tenía nada que ver con las alfombras rojas o los salones de té de la élite de Estambul. Aras no me estaba dando una recomendación turística convencional; estaba admitiendo que recordaba perfectamente nuestra noche en Viena. Recordaba a la Melani que, tras el divorcio, decidió perder las formas en aquel bar, lejos de los protocolos que nos habían unido en los contratos con los Von Seidl.Él sabía que, detrás de mi eficiencia en el comercio internacional, existía esa mujer capaz de soltarse el cabello y olvidar las jerarquías. El hecho de que lo usara como una sugerencia de "adaptación" era su forma de de
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