El apartamento en Nişantaşı la recibió con un silencio que le resultó opresivo. Melani dejó las llaves sobre la consola de la entrada y se despojó de los tacones como quien se quita una armadura abollada. El azul de su vestido, que horas antes le parecía el color de la confianza, ahora se sentía como una marca sobre su piel.
Se sirvió una copa de vino blanco, pero no la bebió de inmediato. Se quedó de pie frente al ventanal, observando las luces de Estambul, esa ciudad que prometía libertad