Aras Köksal Observé a Melani mientras el camarero servía el vino. En la oficina, rodeada de planos y hojas de cálculo, es un halcón: precisa, letal y enfocada. Pero aquí, bajo la luz tamizada de Nişantaşı, hay algo en la forma en que sostiene su copa que me recuerda que no es una pieza más de mi tablero. —Tu madre... —comenzó ella, dejando la frase en el aire mientras sus ojos café buscaban los míos—. Realmente es una mujer de un carácter imponente, Aras. Debo admitir que, por un segundo, sentí que el aire se espesaba en la oficina. Me permití una sonrisa amarga. Al menos era honesta. La mayoría de la gente en Estambul finge que mi madre es un ángel de caridad hasta que sienten sus garras en el cuello. —Fatma Hanım no es una mujer, Melani. Es una institución —respondí, recostándome en la silla—. En este país, las tradiciones son las raíces que nos mantienen en pie, pero mi madre es la que decide quién recibe agua y quién se seca. Mañana en la gala, ella no te ha invitado
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