El beso de los amantes terminó en una falta de aire que los obligó a separarse, con los pechos agitados y el mundo exterior reducido únicamente al latido del otro. Pero Aras no podía permitirse alejarse ni un milímetro; con un temblor real en las manos, la atrajo nuevamente hacia él, envolviéndolo todo en un abrazo protector, como si temiera que con un simple parpadeo ella fuera a desvanecerse de nuevo. —Lo siento, amor —susurró él contra su cabello, con la voz ronca, quebrada por el peso de la culpa y olvidándose por completo del mundo, de las paredes de la villa y de quien los observaba desde atrás. —Ya pasó, y estoy bien —respondió Melani en un susurro apenas perceptible, aferrándose a la tela de su abrigo como si buscara anclarse a la realidad. Fue entonces, al levantar ligeramente la vista por encima del hombro de Aras, cuando sus ojos se cruzaron con los del austriaco. En esa fracción de segundo, envuelta en la calidez absoluta de los brazos que ahora la reclamaban, la
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