El beso de los amantes terminó en una falta de aire que los obligó a separarse, con los pechos agitados y el mundo exterior reducido únicamente al latido del otro. Pero Aras no podía permitirse alejarse ni un milímetro; con un temblor real en las manos, la atrajo nuevamente hacia él, envolviéndolo todo en un abrazo protector, como si temiera que con un simple parpadeo ella fuera a desvanecerse de nuevo.
—Lo siento, amor —susurró él contra su cabello, con la voz ronca, quebrada por el peso de