Al día siguiente, Aras apareció sin falta. Saludó respetuosamente a sus suegros y, con la puntualidad implacable que lo caracterizaba, partieron rumbo al hospital. El aire dentro de la habitación olía a cloroformo y pulcritud estéril. En cuanto cruzaron el umbral, la señora Çelebi, madre de Lale, se apresuró a recibir a Melani con los ojos enrojecidos por la fatiga. —Oh, Melani... estás aquí, estás bien. Bendito sea Alá —murmuró con la voz temblorosa, abrazándola con desesperación—. Por el amor de Dios, temimos lo peor. —Estoy bien, se los aseguro —respondió Melani con un nudo en la garganta, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a nublarle la vista. Dirigió una mirada rápida a la cama y su semblante palideció—. ¿Por qué sigue acostada? ¿No se suponía que estaba mejorando? La madre de Lale exhaló un suspiro pesado, retorciéndose las manos. —Sí, los médicos dicen que físicamente está estable, pero... parece que es ella quien se niega a despertar. A Melani se le enc
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