La atmósfera en el comedor de la villa en Küsnacht estaba suspendida en un silencio que solo el parpadeo de las velas y el suave eco del viento exterior parecían interrumpir. Melani, sentada a la mesa con el pequeño Ciro a su lado, sentía que cada segundo se alargaba de forma extraña. Para una mujer que nunca había tenido la experiencia de compartir con un niño, la presencia del pequeño resultaba no solo imponente, sino profundamente desconcertante.
Ciro no se había movido de su sitio. Seguí