El viento gélido sacudió las copas de los árboles, llenando el espacio entre ambos con un susurro áspero. Diego ladeó ligeramente el rostro, con esa altivez aristocrática que jamás lo abandonaba.
—Dicen que los hombres de Oriente resuelven sus guerras con sangre y fuego —comenzó Diego, su tono tan bajo que Aras tuvo que afinar los sentidos para no perderse una sola sílaba—. Pero aquí, en mi casa, las cosas se hacen de otra manera.
—No he venido a medir fuerzas contigo, Diego —replicó Aras,