La oscuridad en Estambul se extendía como un abismo de sombras bajo un cielo sin estrellas. Lejos de las postales turísticas, la ciudad vibraba con esa corriente subterránea de poder, de códigos no escritos y de influencia que solo unos pocos sabían manipular a voluntad.
En el aeródromo privado, la silueta imponente de un jet ejecutivo aguardaba con las turbinas en marcha, desafiando el frío de la noche. Aras caminó por la pista con pasos firmes, casi marciales, enfundado en un abrigo oscuro