La pesada puerta de roble se cerró a sus espaldas, devorando el eco del mundo exterior y sumiendo a Melani en un silencio inmediato, cálido y denso.
El contraste fue instantáneo. La opulencia de Estambul se desvaneció al cruzar el recibidor, reemplazada de golpe por una atmósfera que olía a madera nueva combinada con un tesoro inconfundible: el aroma profundo, tostado y envolvente de un auténtico café de altura de los Andes venezolanos, de esos microlotes artesanales y de producción tan limi