El búnker se sumió en un silencio incómodo. El zumbido constante de los servidores, que minutos antes sonaba como una sinfonía de eficiencia, de pronto se sintió como un eco insoportable. En la pantalla principal, el punto rojo seguía palpitando con una cadencia hipnótica, marcando una ubicación que Aras había abandonado hacía apenas media hora: la mansión de Kanlıca. Él no gritó, ni arrojó nada. Su reacción fue mucho más aterradora: se quedó estático, con el cuerpo rígido, como si el acero que tanto amaba se hubiera derretido y solidificado en su interior. La incredulidad se desvaneció pronto, dando paso a un vacío gélido que le recorrió la espina dorsal. Había pasado horas rastreando a los Karaman, movilizando recursos para vigilar a los Özturk, y los rusos, convencido de que la amenaza tenía rostro de enemigo externo. Pero mientras él buscaba en el horizonte, el lobo estaba en su salón, compartiendo té con su madre. Yusuf, a su lado, tenía la mandíbula tensa. Sus ojos saltaban d
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