La noche en Zúrich se extendía más allá de los altos ventanales como un manto de terciopelo oscuro, custodiado a lo lejos por el perfil imponente y helado de los Alpes. En aquella exclusiva villa de seguridad situada en la apacible y elegante zona de Küsnacht, lo suficientemente apartada para garantizar el anonimato y la privacidad, pero a solo media hora de trayecto del aeropuerto internacional, el viento gélido soplaba afuera, meciendo las copas de los árboles que rodeaban la propiedad.
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