El silencio que siguió al choque duró apenas unos segundos, pero se sintió eterno. Lale tenía los puños apretados a los costados, con la mirada clavada en el líquido oscuro que se expandía sin remedio sobre sus bocetos y los planos de Can. Burak, por su parte, miró la enorme mancha en su camisa y luego a la joven. Por un instante, al ver la genuina devastación en el rostro de Lale, su primer impulso fue disculparse. Pero la mirada fiera, gélida y llena de reproche que ella le clavó de inmediato le golpeó directo en el orgullo. Un hombre como él no iba a permitir que lo hicieran sentir menos en un lugar público, y menos con Melani observando a pocos metros. Enderezando la espalda, Burak recuperó su postura rígida, templó la voz y, en lugar de pedir perdón, soltó con frialdad: —Deberías tener más cuidado al moverte, Lale Hanım. Mira el desastre que acabas de provocar. Lale abrió los ojos de par en par, completamente incrédula. La serenidad que solía caracterizarla se esfumó en
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