El reservado en aquel restaurante de Nişantaşı parecía suspendido en otra época. Lejos del bullicio de las avenidas comerciales y las boutiques de lujo del distrito, el espacio ofrecía una intimidad monárquica: paredes revestidas de madera oscura, luz mortecina que suavizaba las facciones y el aroma profundo del cordero especiado mezclándose con el toque agridulce de las hojas de parra con guindas que descansaban sobre la mesa. Frente a ella, el plato principal, un impecable Hünkar Beğendi, desprendía el vapor ahumado de las berenjenas, un manjar digno de la corte otomana que Aras había seleccionado con el rigor de sus propias raíces. Melani saboreó el vino tinto, observando a Aras a través del borde de la copa, antes de tomar los cubiertos. Para cualquier extranjero, la densidad de las especias y la complejidad de los condimentos turcos habrían exigido cierta cautela, pero ella hundió el tenedor en el sedoso puré de berenjena ahumada y tomó un trozo de cordero sin el menor rastro
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