En el lugar, el silencio regresó de golpe y de inmediato las personas presentes volvieron a lo suyo.
Lale se dejó caer en la silla, con el pecho agitándose al ritmo de una respiración errática. Tenía las manos apoyadas en la mesa, temblando visiblemente por el subidón de adrenalina. Al mirar el líquido oscuro devorando los trazos a lápiz que tanto le habían costado, sintió una opresión en la garganta. Sin embargo, detrás de la frustración por el trabajo perdido, una extraña calidez empezó a