El silencio que siguió al choque duró apenas unos segundos, pero se sintió eterno. Lale tenía los puños apretados a los costados, con la mirada clavada en el líquido oscuro que se expandía sin remedio sobre sus bocetos y los planos de Can. Burak, por su parte, miró la enorme mancha en su camisa y luego a la joven. Por un instante, al ver la genuina devastación en el rostro de Lale, su primer impulso fue disculparse. Pero la mirada fiera, gélida y llena de reproche que ella le clavó de inmediat