Tras pronunciar aquellas palabras, Aras permaneció inmóvil, con la mirada fija en Melani, esperando una reacción, un cable a tierra en medio de la tormenta que empezaba a formarse en su interior. Melani lo observó en silencio. Su mente, una maquinaria adiestrada en el rigor del comercio, calculaba cada variable. No hubo un «yo también» verbal, pero su cuerpo respondió de forma autónoma: se inclinó hacia él y le dio un beso profundo, devoto y silencioso. Fue una respuesta sin palabras, una promesa implícita de que estaba dispuesta a entrar en su mundo, pero bajo sus propios términos y a su propio ritmo. Aras no se molestó; sabía que las palabras llegarían más temprano que tarde. —Te prepararé algo rico —susurró Melani al oído, cortando toda inspiración de Aras. Él también tenía hambre, así que no la detuvo. Mientras Melani se movía por la cocina preparando algo sencillo, Aras la observaba en silencio desde la mesa, atrapado por una fijeza casi magnética. En su mente, la idea de
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