El beso no fue una tregua; fue una capitulación. Al unir sus labios con los de Aras, Melani no solo acalló las alarmas que resonaban desde Caracas, sino también a su propia conciencia, que le gritaba que se estaba precipitando al abismo. Pero en el tablero de su vida, Aras Köksal se había convertido en la única jugada inevitable. Había una urgencia salvaje en la forma en que ella le rodeó el cuello con los brazos, hundiéndose en el calor de su boca, respondiendo a la promesa implícita de su dec