El silencio dominical de la mansión de Kanlıca siempre había sido su mejor aliado para estructurar victorias. Sentado detrás de su escritorio de caoba, Aras Köksal sostenía un informe de rendimiento del holding, pero sus ojos no estaban ejecutando números. Su mente lo estaba traicionando, arrastrándolo de vuelta al sábado a las nueve de la mañana: la penumbra del apartamento de Nişantaşı, la piel de Melani y esa entrega absoluta que había hecho colapsar su metódico sistema.
Aras no era un ho