El lunes por la mañana, el distrito financiero de Levent despertó con su habitual ritmo frenético. Melani llegó temprano, vistiendo un traje sastre impecable que proyectaba una serenidad absoluta. Su rostro, sereno y profesional, no daba espacio a las conjeturas; nadie en los pasillos de la alta gerencia habría podido adivinar la complicidad latente ni el torbellino de emociones que arrastraba desde el sábado por la mañana.
Se instaló en su despacho, enfocándose de inmediato en poner al dí