Las puertas del ascensor de alta velocidad se cerraron, aislando a las dos mujeres del bullicio de la planta ejecutiva. En ese instante, la armadura de Lale se desmoronó. Exhaló todo el aire que contenía en los pulmones, apoyando la espalda contra la pared acristalada mientras se llevaba una mano al pecho.
—¿Cómo estuve? —preguntó Lale, con la voz un poco temblorosa pero ansiosa por la aprobación de su amiga.
Melani la observó con una sonrisa de absoluta admiración, cruzándose de brazos.