El trayecto desde las colinas de Kanlıca hasta el centro de Estambul fue un viaje en silencio, suspendido en la grisácea luz de la mañana. En el asiento trasero del taxi, Melani Fernández contemplaba el paisaje urbano a través de la ventanilla, procesando la incomodidad que le entumecía el cuerpo por haber dormido en un mueble que, aunque caro, era incómodo. De pronto, un calor sutil le encendió las mejillas. El recuerdo de la noche anterior en el estudio la asaltó sin tregua: la proximidad física de Aras, la respiración compartida a milímetros de sus labios y ese magnetismo primitivo al que había estado a punto de ceder. Deseaba corresponderle, su cuerpo lo gritaba, pero la bofetada de la realidad siempre regresaba en forma de fotografía. La imagen de Leyla, la difunta esposa sonriendo con plenitud junto a un Aras que ella no conocía, se repetía en su mente como un ultimátum. Para los Köksal, Melani no era más que un escándalo, un torbellino occidental que había llegado para sa
Ler mais