El asentimiento de Melani en la tienda de Nişantaşı fue silencioso, pero abrió una grieta inmediata en su habitual armadura de frialdad corporativa. Lale la observó con detenimiento, sosteniendo un vestido de seda que colgaba del perchero.
—Ven —dijo Lale, dejando la prenda en su lugar—. Necesitamos un espacio donde el aire no cueste tanto.
Salieron de la boutique y se dirigieron a un pequeño y exclusivo café escondido en un patio de piedra, lejos del bullicio de la avenida principal. Sen