Armando iba entrando al lujoso penthouse de Esteban y, al hacerlo, se llevó una fuerte impresión al ver el desastre que su amigo estaba provocando ahí dentro. El hombre había sido llamado por el administrador, ya que, tal como en otras ocasiones, Esteban estaba incontrolable. El amigo, conforme entraba, se daba cuenta de que todas aquellas obras de arte, todas aquellas carísimas decoraciones, todo, absolutamente todo lo que en algún momento Lorena había ido comprando o sugiriendo comprar, todo estaba hecho trizas. —¡ESTEBAN! ¡DIABLOS, HERMANO! ¿QUÉ TE OCURRE? —expresó Armando impresionado. —¿QUÉ ME PASA? ¿QUÉ ME PASA? ¿DE VERDAD TE ATREVES A PREGUNTAR QUÉ MIERDAS ME PASA? —gritó Esteban con los ojos inyectados en odio, sangre e ira. —Esteban, estás mal, ¿qué te ocurre? ¡Dios! Llevas así desde que supiste lo de Marina. ¡Ya, por Dios! ¡Acéptalo! Marina y tú ya estaban separados, tú estabas felizmente separado cuando ella… Bueno, tú ya sabes. —¡DILO! ¡DILO! ¡CUANDO ELLA LE ABRIÓ LAS
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