Tras aquellas palabras calmadas, Rebeca no tuvo más remedio que salir de ahí; no sabía si era buena o mala idea, solo sabía que la presencia de aquel hombre no representaba nada bueno.
—Bien, señor Salas. Ahora sí estamos solos, dígame, ¿qué lo trae por aquí? —dijo Sebastian levantándose de su lugar para servirle un poco de café.
Rigoberto se levantó y se puso en una pose de padre protector.
—Supe que finalmente se llevó a mi hija a vivir a su casa. ¿Por fin se hará cargo de sus actos? ¿Por f