Anabela rodeó a Carlo con los brazos con una fuerza desesperada, como si al sostenerlo pudiera evitar que el mundo volviera a romperse en mil pedazos.—¡Vamos a encontrar a Alyna, lo juro, hijo! —dijo con la voz quebrada, aferrándose a esa promesa como a un salvavidas.Carlo no respondió de inmediato. Permaneció inmóvil unos segundos, con la mirada perdida, como si intentara procesar aquellas palabras dentro del caos que llevaba días habitando su mente.Luego, poco a poco, levantó los brazos y correspondió al abrazo. No era un gesto firme ni seguro, sino frágil, casi tembloroso, como si no estuviera acostumbrado a recibir consuelo.Anabela sintió cómo ese leve contacto le atravesaba el pecho. En los ojos de Carlo había dolor… pero también algo más tenue, casi invisible, una chispa pequeña que aún no se había apagado del todo: esperanza.Él asintió finalmente, sin decir palabra. Ese simple gesto fue suficiente para Anabela, que cerró los ojos con fuerza, prometiéndose a sí misma que no
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