En cuanto el enfermero sacó la aguja, el niño retrocedió, escondiendo el rostro en el pantalón de Jonathan con un llanto silencioso que le partió el alma.—¡No quiero! ¡Duele, papá, duele! —sollozaba Leo, temblando de pies a cabeza.Jonathan sintió una punzada de impotencia. Miró a Addison, quien permanecía impasible a un lado, y luego a los médicos que esperaban con impaciencia profesional.—Fuera —ordenó Jonathan, y su voz recuperó ese tono de mando que no admitía réplicas—. Todos fuera. Addison, Victoria... déjennos solos.—Jonathan, por favor, no tenemos todo el día —replicó Addison con un suspiro de fastidio.—He dicho que fuera —sentenció él, fulminándola con la mirada hasta que ella, resoplando, salió del estudio seguida por una Victoria preocupada. Sin embargo, cuando Elizabeth hizo amago de salir también, Jonathan la tomó suavemente de la muñeca—. Tú no. Quédate, por favor.Elizabeth asintió y se acercó, colocándose del otro lado de Leo para transmitirle calma. Jonathan se pu
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