En cuanto el enfermero sacó la aguja, el niño retrocedió, escondiendo el rostro en el pantalón de Jonathan con un llanto silencioso que le partió el alma.
—¡No quiero! ¡Duele, papá, duele! —sollozaba Leo, temblando de pies a cabeza.
Jonathan sintió una punzada de impotencia. Miró a Addison, quien permanecía impasible a un lado, y luego a los médicos que esperaban con impaciencia profesional.
—Fuera —ordenó Jonathan, y su voz recuperó ese tono de mando que no admitía réplicas—. Todos fuera. Addi