Ella bajó la mirada por un segundo, sintiendo el calor subir a sus mejillas, pero no se alejó. Sus dedos juguetearon con el cuello de la camisa de Jonathan.
—Porque debajo de todo ese traje caro y de ese mal humor de demonio, vi a un hombre que se siente solo —respondió ella con sinceridad—. Y porque no podía dejar que esa mujer se saliera con la suya. Nadie merece que le roben así la vida. Ni siquiera tú, Lucifer.
Jonathan dejó escapar una risa corta, una que sonó más a un suspiro de alivio. S