—¿Jonathan? —murmuró Elizabeth acercándose con cautela.
Jonathan sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Dio un paso vacilante hacia el pequeño, acortando la distancia que los separaba, mientras Elizabeth observaba la escena con el corazón en un puño, conteniendo la respiración.
—Hola, Leo... —la voz de Jonathan sonó rota, despojada de toda la arrogancia que solía usar como armadura—. Soy Jonathan.
El niño lo miró con una curiosidad inocente, ladeando un poco la cabeza. A pesar de la