—Jonathan, de verdad, mi cama... —empezó Elizabeth, pero él la interrumpió.
—Quédate otra noche más —pidió él en voz alta. Luego, aprovechando que Victoria se había distraído un segundo con una de las cajas, se inclinó hacia el oído de Elizabeth. En un susurro ronco, cargado de una intimidad que la hizo estremecer, añadió—: Quédate en mi cama. No quiero que estés lejos. No esta noche.
Elizabeth sintió un vuelco en el corazón. La invitación no era solo una cuestión de comodidad; era la confesión