Una tarde, mientras la lluvia golpeaba suavemente los cristales, un golpe firme en la puerta rompió su concentración. No era Martha regresando del mercado. Al abrir, Elizabeth se encontró con Victoria. No lucía como la mujer radiante de la semana pasada; sus ojos reflejaban cansancio y una preocupación genuina.
—Necesitamos hablar, Elizabeth —dijo Victoria, entrando al pequeño salón sin esperar invitación—. Y no vengo como la hermana de tu jefe, sino como alguien que está viendo cómo su familia