Jonathan esperó a que la puerta se cerrara tras Victoria, quien se llevó a un Leo sollozante hacia el piso de arriba. El silencio que quedó en el salón era gélido, cargado de una furia que Jonathan apenas lograba contener. Elizabeth se mantuvo a su lado, firme, siendo el ancla que evitaba que él perdiera los estribos frente al psicólogo, quien permanecía observando en un rincón.Jonathan dio un paso hacia Addison, con la mandíbula tan tensa que las venas de su cuello se marcaban.—¿Cómo te atreves? —la voz de Jonathan era un susurro peligroso, más aterrador que un grito—. ¿Cómo eres capaz de entrar a mi casa y usar la inocencia de tu propio hijo como un arma de chantaje?Addison se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa, pero sus ojos brillaban con una satisfacción maliciosa.—Solo le dije la verdad, Jonathan. Un niño necesita a su madre. ¿Acaso es un pecado querer estar con él? —respondió ella, con una voz melosa que buscaba la aprobación del psicólogo.—¡No es amor lo que sientes
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