Tras el helado, Jonathan parecía una persona distinta. El instinto paternal, que él mismo creía inexistente o extinto, había brotado con una fuerza que lo dejaba desarmado. No quería separarse del niño; cada gesto de Leo, cada risa, era un descubrimiento para él. Elizabeth observaba la escena desde el asiento del copiloto, en silencio, conmovida al ver cómo ese hombre de hierro se inclinaba para escuchar las historias del pequeño con una atención absoluta.
Mientras recorrían las avenidas de la