Envuelta en una bata, salgo del baño y busco entre las bolsas que dejó Iván algunas prendas para ponerme. Adoro que piense en todo. Me recuerda a mi padre: él elegía cosas costosas, sí, pero también cómodas, fáciles de quitar o de abrir a la hora de alimentar a mi hijo y, si no existían, mandaba a hacerlas después de diseñarlas él mismo. No habrá un solo día en que no te recuerde, papito. Termino de vestirme, arreglo mi cabello y salgo de la alcoba, dejando la puerta apenas arrimada por si Aiden llora; así podré escucharlo. Siento un nudo en el estómago. Los nervios otra vez. Este lugar es tan grande que no sé a dónde demonios tengo que ir, hasta que el aroma del café me alcanza y lo sigo. Me guía hasta una enorme sala donde, al alzar la vista, reconozco el hogar a leña. El fuego crepita con un sonido seco y constante, lanzando destellos anaranjados sobre los sillones. Ahí están Iván, el chico del hospital y una mujer muy hermosa, de largo cabello negro y ojos grises, con pinta de
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