—Suponiendo que aceptas ser mi esposa y me entregas Chicago, te dejaré hacer lo que quieras con todo lo que quieras, teniendo en cuenta que todo lo tuyo también es mío y viceversa. No tengo planeado timarte. Me gusta la idea de expandir mis territorios: tú diriges Irlanda, yo Rusia y Estados Unidos, y el imperio que tendremos será más grande, vasto y próspero. Suponiendo que aceptas ser mi mujer, el beneficio será mutuo; tú ganas y yo gano. —Bien, acepto tu propuesta. —Ya me casé dos veces antes, una por obligación, otra por amor y ahora por conveniencia. Aprendí que las bodas son papeles firmados. El ruso deja su taza vacía a un lado mientras yo bebo lo que queda de la mía. Se pone de pie y me tiende la mano para ayudarme a pararme. —Si te casas conmigo, serás mi mujer en todo el sentido de la palabra, Bárbara. No serás un adorno, compartiremos nuestra vida juntos. Se acerca peligrosamente a mí, como un depredador a punto de saltar sobre su presa. Sus manos van a cada lado de mi
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