El zumbido sónico del pulso todavía me martilleaba las sienes, distorsionando la realidad en una serie de fotogramas lentos y fracturados. En el suelo, Liam se retorcía, intentando alcanzar su arma con dedos que no respondían, mientras Marcus permanecía inconsciente cerca de la entrada. El Doble se giró con una economía de movimientos inhumana, arrojando a mi madre contra mi escritorio de roble con una fuerza que hizo crujir la madera.Elena, con el rostro ensangrentado pero los ojos encendidos por una lucidez maníaca, no soltó la jeringa de líquido púrpura. Se puso en pie, jadeando, mientras el Doble se acercaba a ella con la cuchilla de cerámica en alto, evaluando la amenaza como una máquina procesando un error de código.—¡No es un veneno, Marta! —gritó mi madre, esquivando un tajo que habría sido mortal—. ¡Es un supresor de voluntad! ¡Arthur no lo creó para ser un juez, lo creó para ser un esclavo! ¡Si logro inyectárselo, responderá a nuestra sangre, no a la "Directiva Omega"!—¡N
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