El gran salón de la villa se había transformado en una catedral de cristal frío. En el extremo sur, frente a un ventanal que mostraba el rugido del Egeo, se alzaba un altar de obsidiana negra, tallado con el emblema del fénix. Los invitados, una colección de buitres de cuello blanco y mercenarios de guante fino, ocupaban sus asientos con una disciplina militar. Liam y yo fuimos conducidos a la primera fila, flanqueados por Marcus Vance y sus hombres, cuyas manos nunca se alejaban demasiado de s