El estruendo de la explosión en la esclusa exterior fue amortiguado por las capas de plomo, transformándose en un sordo latido que sacudió los cimientos del búnker. Liam se apostó tras el escritorio de caoba, con el arma firme y la mirada clavada en la puerta que empezaba a ceder bajo la presión del equipo de asalto de la ONU. El humo se filtraba por las grietas, y el brillo de las linternas tácticas cortaba la penumbra analógica de la cámara.—¡Marta, ahora! —gritó Liam, su voz tensa por la adrenalina.Cerré los ojos, pero no busqué la oscuridad. Busqué el calor de Liam, la vibración del metal y la red invisible que nos rodeaba. Ya no veía hilos de datos agresivos; veía ondas. Ondas de radio, frecuencias de microondas, pulsos eléctricos que alimentaban los trajes y las armas de los soldados que estaban a punto de entrar. Mi padre tenía razón: la "Frecuencia del Origen" era un lenguaje de armonía, no de conflicto.Extendí mis manos hacia la puerta. Mis dedos no tocaron el acero, pero
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