El descenso a la Bóveda de Bizancio no se hizo por escaleras, sino a través de un túnel angosto excavado en la roca caliza, donde el goteo constante del agua resonaba como un metrónomo del juicio final. Selim encabezaba la marcha con una linterna táctica, seguido por Marcus, quien mantenía a un Viktor encadenado y amordazado bajo control. Liam caminaba a mi lado, pero el silencio entre nosotros era distinto al de los Alpes; era un silencio de despedida, cargado con el peso de una verdad que ni siquiera el amor más puro podría borrar.—Marta, si lo que dice tu madre es cierto... si mi abuelo fue el arquitecto de la ruina de tu padre, no tienes por qué protegerme —susurró Liam, su voz apenas un hilo que se perdía en la humedad de la caverna—. No quiero que cargues con el peso de ocultar los crímenes de los Klein para salvarme a mí.—No lo hago por ti, Liam —respondí, aunque mi corazón gritaba lo contrario—. Lo hago porque quiero ver el rostro del monstruo que mi padre encerró aquí. Quie
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