El humo del incendio todavía impregnaba mis pulmones, pero el aire de la mañana se sentía más limpio que nunca. Mientras Sebastian y Elena eran escoltados hacia las patrullas, con las esposas brillando bajo las luces de emergencia, me di cuenta de que la justicia no siempre viene en forma de una sentencia judicial, sino en la paz de saber que ya no tienes que mirar por encima del hombro.Liam estaba sentado en la parte trasera de una ambulancia, con una manta térmica sobre los hombros y un paramédico curándole una quemadura leve en el brazo. Me acerqué lentamente, sintiendo el peso de mis propios tacones rotos sobre el asfalto.—Te dije que este apartamento era una ratonera —dije, tratando de forzar una sonrisa que terminó en un sollozo contenido.Liam levantó la vista y me tomó de la mano. Sus dedos estaban negros por el hollín, pero su agarre era firme, real.—Era lo único que podía pagar con un sueldo de mecánico, jefa —bromeó con voz ronca—. Ahora, técnicamente, soy un indigente c
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