Estambul nos recibió con un estallido de colores y el eco lejano del llamado a la oración que rebotaba en las cúpulas de la Mezquita Azul. El aire aquí era distinto; olía a café cargado, a salitre del Bósforo y a siglos de secretos sepultados bajo el pavimento. Al bajar del avión privado en la terminal secundaria, Liam no soltó mi mano ni un segundo. Su mirada escaneaba la multitud con una eficiencia quirúrgica, buscando cualquier anomalía en el flujo de turistas y comerciantes.
—Marcus ya ha p