El amanecer en la costa de Cádiz no trajo el alivio del calor, sino una luz pálida que revelaba la cicatriz de una civilización interrumpida. Caminábamos por la arena seca, con la ropa aún rígida por la sal del Mediterráneo, buscando una salida del acantilado que no nos expusiera a las patrullas que, según Marcus, vigilaban las carreteras principales. España, despojada de su red eléctrica y su conectividad constante, se había fragmentado en comunidades aisladas, y Andalucía se había convertido en un campo de batalla por los restos de la energía solar.—Miren allá arriba —susurró Liam, señalando la cima de una colina donde las siluetas de cientos de paneles fotovoltaicos se alzaban como espejos negros.No eran granjas solares abandonadas. Alrededor de las estructuras, se movían figuras vestidas con túnicas de lino amarillo, realizando movimientos rítmicos, casi coreográficos. No estaban reparando los paneles; les estaban rezando.—Es el Culto del Sol Muerto —explicó Marcus, bajando la
Leer más