El descenso de la montaña fue un viaje a través de un mundo que se sentía extrañamente ligero. La presión constante en la base de mi cráneo, esa sintonía que me había definido desde que escapé de los laboratorios Wetsler, se había esfumado. Por primera vez en mi vida, el silencio dentro de mi cabeza no era una tumba, sino una hoja en blanco.
—¿Marta? ¿Me oyes? —Liam me sujetaba por el hombro mientras bajábamos por una ladera de esquisto.
Me detuve y lo miré. No vi en él una firma de calor, ni d