El viento del norte, el cierzo, aullaba entre las formaciones de arcilla, arenisca y yeso, moldeando el paisaje como si fuera cera caliente. Las Bardenas Reales se extendían ante nosotros como un suelo lunar, un laberinto de barrancos secos y mesetas solitarias que el colapso climático y la falta de gestión hídrica habían transformado en un desierto absoluto. El polvo fino y blanquecino se nos metía en los ojos, en la boca y entre los pliegues de la ropa, convirtiendo cada respiración en un ejercicio de asfixia.—No mires atrás, Marta —dijo Liam, sujetándome de la mano mientras descendíamos por la ladera inestable de un cabezo de arcilla—. Si Marcus logró llevarlos hacia las minas, tenemos que aprovechar cada hora. Pero el aire está cambiando. Viene una tormenta de polvo.Tenía razón. En el horizonte, el cielo ya no era gris, sino de un tono ocre e incendiario. Una muralla de arena y tierra suspendida se aproximaba a gran velocidad, tragándose las siluetas de las montañas lejanas. En
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