El asfalto de la autovía A-4 estaba cuarteado, reclamado por la maleza y los esqueletos de coches eléctricos abandonados que servían como monumentos mudos al gran apagón orbital. Caminábamos en silencio, con el sol de Castilla castigando nuestras nucas. El agua que habíamos obtenido en la granja solar era nuestro tesoro más preciado, pero nuestras raciones de comida se reducían a unas pocas barras de cereales rancias.—Si el mapa de tu madre es correcto, el Nodo de Madrid no está en el centro de la ciudad —dijo Liam, consultando la brújula analógica—. Está en la periferia sur, en un lugar llamado Getafe. Un hombre llamado Simón el Panadero.—¿Un panadero? —Marcus soltó una risa seca, limpiándose el sudor de la frente—. Pasamos de ingenieros de satélites a gente que amasa harina. El mundo realmente se ha vuelto pequeño, Marta.—Lo pequeño es lo que nos mantendrá vivos, Marcus —respondí, sintiendo el roce de la carpeta azul en mi espalda—. Mi madre sabía que nadie puede pensar en la lib
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