El helicóptero sobrevolaba las dunas infinitas como una libélula de metal cansada. El motor, purificado por la tecnología orgánica de Sanctuary-9, emitía un ronroneo constante, pero nuestros ojos buscaban algo que no fuera arena o espejismos. La semilla de cristal en mi mano, ahora opaca tras el duelo con Thorne, señalaba una última coordenada residual: un punto muerto en los mapas de la Logia, un lugar que mi madre había marcado como "Zona de Exclusión Biológica".—Marta, si el combustible no nos falla, llegaremos en diez minutos —dijo Marcus, ajustando los controles—. Pero según los sensores, no hay nada allí más que una depresión geológica.—Eso es lo que ellos querían que viéramos, Marcus —respondí, mirando por la ventanilla—. Un lugar invisible es el único lugar seguro.De repente, el paisaje cambió. De la monotonía del ocre surgió una fractura en la tierra, un cañón profundo cuyas paredes de arenisca protegían un valle oculto de los vientos abrasadores. Al descender, el aire se
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