REBECABety llegó derrapando en la esquina donde me había desplomado, no hizo preguntas; supongo que mi cara, empapada en lágrimas y con la mirada perdida en el asfalto nevado, le dio todas las respuestas que no quería escuchar. Me subí al auto y me abracé a mí misma, tiritando no de frío, sino de una desilusión que me calaba hasta los huesos.—Llévame al aeropuerto, por lo que más quieras, sácame de aquí —mi voz sonó hueca, como si viniera de otro cuerpo.—¡Rebeca, no puedes irte así! —Bety golpeó el volante, frustrada, mientras arrancaba hacia la autopista—. Tienes que confrontarlo, no puedes dejar que esa mujer gane. Héctor es un estúpido, pero si vio que volviste y te fuiste, va a pensar que le estás dando la razón. ¡Tienes tus maletas, tus cuadros, tu vida entera en ese penthouse!—Esa ya no es mi vida, lo que vi allá arriba... —tragué saliva, sintiendo el sabor amargo de la traición—. No fue un malentendido, se estaban besando en el lugar donde él me juró que yo era la única. No
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